Dos de tres. Galería Oscura.
Imagina una exposición donde la gente asiste para dormirse viendo un cuadro. La gente entra y da varias vueltas, algunas tienen la suerte de poder visitarla varias veces, pues suele pasar que alguna vez ese cuadro está ocupado por alguien más. De súbito, alguien cae en un profundo sueño, atrapado por sus colores abismales, de llamas selváticas y fugaces copas de árboles como frutos caídos a una mesa inundada por el oleaje del mantel. Unas barras como tiempos apilados ante un muro de contundencia se relajan tras la salida de un rabo de niebla que quiebra lo esperado y satura el cuadro desde su pequeño espacio. algunos espectadores han entrado desde hace varios días y no pueden despertar pues no quieren dejar su cuadro. No faltan los sonámbulos que se la pasan criticando, algunos con buen ojo, y otros superficiales. Así pues, los cuadros son dos y a la vez uno. Sus colores permanecen los mismos, solo cambia su forma y su sentido aunque muchas veces lo más difícil es notar precisamente esos cambios, esas diferencias, pues su estática solidez, la frescura de su movimiento interno, son precisamente lo que los hace especiales. Hay quienes llegan y solo miran rápidamente y se van, esos son la mayoría, pero hay unos pocos, contados, que se han quedado más tiempo sobre sus superficies, como deseando algo de ellos que de ninguna otra cosa jamás. Míralo otra vez, pero ahora con los ojos cerrados. No es fácil, antes se fragmentan tus recuerdos en grises sombras, antes todo dentro de ti es fatuo y crees que afuera está la verdad. En esta galería no expone cualquiera, tiene que ser un pintor que una vez haya llegado por si mismo hasta el final del desierto. Aquí como en otros lugares oníricos no es bienvenido cualquiera, si aún albergas dudas o miedos será duro para ti permanecer por mucho tiempo sin romperte en mil colores. Ya lo imaginaste, ahora lo duro es saber que puede ser cierto, y que los colores pueden brincar de un momento a otro y desintegrarse como mariposas que baten sus alas tan rápido que apenas y es visible su estela transparente en el aire. Aquí puedes ver a gente que mira con los ojos cerrados, pero puedes ver a gente que sueña con los ojos abiertos. Este lugar es exclusivo. Dicen que algunos han platicado con algún pintor que a veces se da el lujo y el gusto de caminar por la sala como un espectador más, pero por lo regular eso no suele pasar, ni aún con los visitantes asiduos. Aquí no hay quien los venda, no hace falta si puedes llevártelos para siempre. Por lo regular los pintores entran por una puerta justo atrás de un gran cuadro en una de las cámaras más olvidadas, ahí hay una puerta de madera con una tibia cerradura de hojalata. Al abrirse el cuadro se desprende del muro y flota deslizándose por el piso sujeto la puerta que se hunde en el boquete rectangular de la suave oscuridad iluminada del interior. Solo los dueños de la galería y alguno que otro curador son los autorizados para entrar ahí, fuera de eso están los baños y un patio donde a veces se exponen esculturas en tardes soleadas y lluviosas. La entrada es como una puerta que da a la calle pero se deben pisar algunas escaleras antes de alcanzar el umbral por completo. Si llegas a visitarlo, procura ser breve, aunque regreses otra noche de nuevo. El libro de visitas solo se deja encontrar por aquellos que deben firmarlo, y si llegas a encontrar a algún conocido en sus páginas no se lo digas nunca, pues le habrás negado el acceso para siempre y se irá a buscar muy lejos otra galería a donde lo admitan y nadie lo conozca.


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